Bruselas en mayo: un sol abrasador caía sobre el barrio marroquí, rojo, sureño de Saint Gilles. Deseaba que llegara el verano mientras estaba sentado en la terraza de un café de la Avenida Dejaer. Sobre mi jersey verde, una cruz dominica negra y blanca brillaba como una moneda nueva. Llevaba mi cruz con orgullo como un signo de que había entrado en la Orden de Laicos Dominicos sólo doce días antes, formulando mi promesa a la Orden de Predicadores, rodeado por mi familia, en la capilla de las monjas de clausura de Herne-lez-Enghien.

Pero ¿debería usarse la cruz como una bandera? ¿No podría molestar a las personas que no compartían mi elección? ¿Sería mejor predicar la Buena Nueva mediante el ejemplo, anónimamente? No estaba seguro, y rezaba para que el Espíritu Santo me mostrara el mejor camino. Realmente esperaba una señal que me diera una respuesta. Sabía por experiencia que la oración sincera, la que sale de lo profundo de nuestro ser y no de nuestros labios, siempre encuentra respuesta. Ese día la recibí.
Se me acercó un marroquí y empezó a mirar insistentemente la cruz. Tendría unos cuarenta años y estaba vestido a la moda europea. De repente se volvió en una dirección, seguramente hacia el oriente, hacia la tumba del Profeta. Juntó las manos, levantó la vista y dijo algunas palabras en árabe que, por cierto, no pude entender. Se inclinó, como hacen los musulmanes cuando rezan. Luego de un momento, se me acercó, cogió la cruz dominica que rodeaba mi cuello y la besó. Se le cayeron unas lágrimas que secó furtivamente con la manga de su chaqueta de tela vaquera.
* ¡Por qué lloras?
* ¡Porque nunca había besado una cruz antes. Sé que tenemos el mismo Dios, Alá, porque no hay más que un Dios!
*Cierto, pero dices esto porque tu corazón es puro y no tienes odio.
Le pedí al desconocido que se sentara y estrechó mi mano con el fervor típico del Oriente. Lo que me dijo entonces da testimonio de su profundo conocimiento del Corán y me dijo que era un imán. Afirmó:
* Usted ha pasado por el primero de los tres  niveles de perfección, ahora debe pasar por los otros dos. El cuarto es la finalización de todas sus vanidades. No busque honores ni poder, ni utilice nunca a los seres humanos para satisfacer ambiciones personales.
* ¿Cuál es el quinto nivel?
* Es pedir perdón a Alá.
Su contestación me dejó helado. Porque doce días antes, cuando formulé mi primer compromiso como laico dominico, cuando el presidente de la fraternidad dijo: “¿Qué pides?”, respondí, conforme con el ritual usado por nuestros frailes dominicos y también por las monjas: “¡La misericordia de Dios y la vuestra!” – el equivalente del “perdón de Alá” de mi interlocutor
La respuesta era clara. A partir de entonces siempre he usado mi pequeña cruz sobre el pecho. Jamás ha sido bendecida por un fraile –en la Orden no somos fanáticos con la bendición de objetos materiales- pero ha sido besada por un musulmán. Seguramente, algún día, rezaremos juntos.

Traducido del francés (artículo original de Ludovico, Bélgica, Vicariato de Bélgica del Sur)

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